FARMEANDO EL AURA LIBERAL.
FARMEANDO EL AURA LIBERAL:
Agustín Squella, en su habitual columna de opinión publicada en El Mercurio este jueves 27 de agosto, se pregunta quiénes son verdaderamente liberales, antiliberales, iliberales o neoliberales. La discusión puede ser intelectualmente entretenida. Otra cosa es preguntarse cuánto aporta para comprender los problemas concretos que hoy debe enfrentar un gobierno.
Agustín Squella plantea en su columna “¿Liberales o antiliberales?” una discusión legítima: qué significa realmente ser liberal. El problema comienza cuando esa reflexión parece transformarse en una repartición de certificados ideológicos: unos serían liberales, otros antiliberales, algunos iliberales y finalmente aparecen también los neoliberales.
Las palabras importan. Si se sostiene que determinadas autoridades son “antiliberales”, sería razonable explicar qué actuación concreta justifica esa calificación, qué libertad estaría siendo vulnerada y de qué manera. Lo mismo ocurre cuando se afirma que algunos “confunden la acción política con el poder militar”. No es una expresión menor. ¿Quién lo está haciendo? ¿Cuándo? ¿Mediante qué decisión?
Pero quizás el problema sea más básico. Aquí no estamos hablando de autoridades empeñadas en demostrar si son liberales, antiliberales, conservadoras o de extrema derecha. Estamos hablando de ministros, subsecretarios y otras autoridades designadas para gobernar y ejecutar el programa por el cual la ciudadanía eligió democráticamente a este gobierno. Muchos ni siquiera militan en partidos políticos y no todos participaron de la campaña presidencial. No hay razón para suponer que comiencen cada jornada preguntándose si la decisión que adoptarán será liberal, antiliberal o neoliberal. Su tarea es bastante más concreta: gobernar, administrar y enfrentar problemas dentro de la Constitución, las leyes y las instituciones.
Squella no se conforma con liberales, antiliberales, iliberales y neoliberales; incorpora también la referencia al “poder militar”. La clasificación se vuelve tan abundante que termina pareciendo más un ejercicio de ordenamiento doctrinario que un análisis de conductas concretas. Y es justamente ahí donde comienza el farmeo del aura liberal.
“Farmear aura” —acumular prestigio o reconocimiento— es una expresión muy propia del lenguaje actual de las redes. En este caso, podríamos decir que Squella está farmeando el aura liberal: estableciendo quién posee las credenciales correctas, quién sería liberal solo parcialmente y quién debe quedar fuera del club. La ironía surge sola cuando ese examen de pureza doctrinaria parece ocupar más espacio que los problemas concretos del país.
Chile eligió un gobierno con un mandato político reconocible: mayor seguridad, recuperación económica, crecimiento, empleo e inversión. Ganar una elección no entrega un cheque en blanco y todo gobierno debe ser fiscalizado. Pero precisamente por eso sería bastante más útil discutir sus decisiones y resultados que determinar previamente qué etiqueta ideológica corresponde colocar a quienes las adoptan.
¿Mejoró la seguridad? ¿Funcionan las medidas contra el crimen organizado? ¿Se recupera la inversión? ¿Hay más empleo? ¿Se respetan las instituciones y las libertades? ¿Se cumple lo prometido? Esas son preguntas bastante más exigentes y, sobre todo, bastante más útiles.
Hay, además, algo que Squella parece no considerar suficientemente. Después de años marcados por elecciones, plebiscitos y debates constitucionales, es difícil ignorar cierto cansancio ciudadano frente a una política permanentemente ocupada de sí misma. No se trata de desinterés por la democracia, sino de hastío frente a una discusión política autorreferente, que muchas veces parece más preocupada de sus categorías y etiquetas que de los problemas cotidianos. A estas alturas, buena parte de los chilenos no está esperando saber quién es más liberal, antiliberal, iliberal o neoliberal. Está esperando que el país funcione, que recupere seguridad, crecimiento, empleo y certezas. Dicho simplemente: importa menos la política hablando de sí misma y bastante más Chile avanzando.
Tal vez haga falta también algo de humildad intelectual. Una mayoría democrática puede escoger un rumbo distinto del que algunos hubieran preferido. Aceptarlo no significa renunciar a la crítica ni asumir que la mayoría siempre tiene razón. Significa reconocer la legitimidad de esa elección y ejercer la crítica sobre aquello que realmente importa: decisiones, políticas, respeto institucional y resultados.
Ese es mi principal reparo a la columna de Squella. Si una política vulnera una libertad, que se demuestre. Si una autoridad sobrepasa los límites institucionales, que se denuncie. Si una medida fracasa, que se exhiban sus resultados. Pero mientras Chile enfrenta problemas bastante más urgentes, seguir repartiendo certificados de liberal, antiliberal, iliberal o neoliberal corre el riesgo de convertirse simplemente en una forma bastante sofisticada —y muy contemporánea— de farmear el aura liberal.
Menos certificados ideológicos. Más argumentos, hechos y resultados.
Conductor del programa Voces de Mando.
El Periodista TV.

Comentarios
Publicar un comentario