DIA DE LA MADRE.

Día de la Madre y la memoria de un barrio.

Hay lugares a los que uno vuelve sin necesidad de explicarlo demasiado. En mi caso, uno de ellos es El Tiramisú.

El 10 de mayo de 2026, fuimos a almorzar allí con mi esposa y nuestra hija de 13 años para celebrar el Día de la Madre. Fue precisamente durante ese almuerzo, en medio de muchas familias que también celebraban a sus madres, cuando apareció esta idea: escribir no solo sobre un restaurante, sino sobre un lugar que actuó como oportunidad, punto de encuentro y catalizador de recuerdos. Un espacio que, por alguna razón, no solo me gusta, sino que me devuelve a un barrio, a una época y a una parte importante de mi vida.

Podría decir que vuelvo por la comida, por la buena atención, por sus garzones atentos, por el ambiente grato o por esa sensación —cada vez más escasa— de sentirse bien recibido. Todo eso es cierto. Hoy, cuando uno sale a almorzar o a comer con su esposa, con la familia o con una pareja, no busca solamente un plato bien preparado. Busca una experiencia completa: buen trato, preocupación, respeto, precios razonables y, ojalá, alguien atento que pregunte si todo va bien y sea capaz de resolver cualquier necesidad.

Pero en mi caso hay algo más.

El Tiramisú está ubicado en un barrio que forma parte de mi propia historia. Muy cerca de allí, en calle Magdalena 225, viví parte importante de mi vida adolescente, en un terreno que con los años dio paso a un par de edificios, hoy con distinta numeración. El barrio cambió, las casas desaparecieron, llegaron nuevos restaurantes y otros locales fueron quedando solo en la memoria. Pero para quienes vivimos allí otra época, esas calles siguen teniendo un significado especial.

Isidora Goyenechea me recuerda tardes enteras patinando con mi amigo Jorge, con esos antiguos patines de fierro y cuatro ruedas. También me recuerda a Andrés, mi amigo colorín, con quien cruzábamos el sector de La Pirámide y nos descolgábamos cerro abajo para llegar a la piscina del Santiago Paperchase.

Con Sergio jugábamos a las espadas o salíamos de “cacería” al cerro San Luis, buscando alguna pelota de golf extraviada entre la maleza. Magdalena era entonces una calle donde todavía se podía jugar a la pelota, porque con suerte pasaba un auto cada media hora. Era otro Santiago, otro ritmo, otra vida.

En esa casa de Magdalena también se fueron formando amistades del barrio y del colegio: compañeros del Cambridge College, de la Scuola Italiana, unos amigos del barrio, las gringas, Amparo —una española hija de diplomático, cuyo padre tenía un Mustang—, Jorge, mi amigo que me invitaba al estadio israelita; Ivonne, mi amiga que me invitaba al estadio palestino; Wilma, mi amiga y compañera de curso en la Scuola Italiana; Eloísa, mi amiga de la casa esquina de Magdalena con Presidente Riesco, la casa de sus padres que todavía sigue ahí, como una de esas señales discretas de que no todo ha desaparecido.

Más allá, entre Isidora Goyenechea y Apoquindo, estaba la pensión alemana y sus tradicionales fiestas de la cerveza. Más arriba, la Iglesia El Golf, donde mi padre concurría a misa y donde se casó mi hermano mayor. En esa ocasión, siendo yo alférez de la Escuela Militar, me correspondió acompañar a mi madre. Mi padre ya vivía los últimos momentos de una enfermedad fatal. Ese solo recuerdo basta para que ese sector tenga para mí una carga emocional imposible de borrar.

También está la plaza, la fuente, los juegos de mi hermano menor y sus propios amigos. Cerca de ahí, detrás de la Iglesia El Golf, vivía Lilian, mi primera polola, a quien conocí gracias a otra amiga del barrio, Verónica. En ese mismo entorno también vivió Silvio, compañero de curso de la Scuola Italiana, quien hoy ya no está en este mundo. Y cerca de allí vive Alfredo, otro compañero de curso con quien hasta hoy seguimos viéndonos. A veces lo paso a buscar a su edificio y desde su departamento nos vamos caminando hasta El Tiramisú, como si el barrio siguiera ofreciendo, tantos años después, una forma sencilla de reencontrarse con la amistad.

Otro pasaje que vuelve a la memoria es Atilio, quien fue mi compañero de curso solo por un año en la Scuola Italiana, precisamente en 1973, antes de mi ingreso a la Escuela Militar. Vivía muy cerca, un poco más allá del antiguo cine El Golf y antes de llegar a avenida El Bosque con Apoquindo. ¡Gran familia! Tuve la suerte y el honor de conocer a su padre, a su madre y a sus hermanas. Atilio es de esos amigos que siempre estuvo presentes en los momentos más importantes de mi vida. Un amigo que además ha tenido la paciencia y la sabiduría de soportar mi singular humor.

De regreso, la Iglesia El Golf me recuerda el lugar donde le dimos el último adiós a nuestro padre. Hoy, en un santuario bajo tierra, como si se quisiera ganarle terreno al demonio, uno puede conectarse con Dios —o con quien cada cual quiera— las veinticuatro horas del día. La tranquilidad de ese lugar lo permite. Ser o no ser católico termina siendo, en ese instante, casi circunstancial; lo esencial es que allí se respira silencio, recogimiento y una paz difícil de encontrar en medio de la ciudad.

Un poco más allá está el Hotel Ritz, que reemplazó al antiguo cine El Golf. Gran hotel, elegante y de esos lugares a los que no siempre es fácil concurrir con frecuencia, pero donde más de alguna cena romántica logré concretar. Y casi al frente, en la calle Napoleón con Enrique Foster, estuvo la última morada de nuestra madre, a quien recuerdo especialmente en este 10 de mayo de 2026. Curiosamente, solo hoy, al escribir estas líneas, me doy cuenta que mi madre, en su temprana viudez dejó la casa de Magdalena 225, para irse a vivir a Napoleón con Enrique Foster, calle esta última con el mismo nombre de mi padre: Enrique. 

Ella fue quien me recibió y acogió durante mi proceso de separación; la que, por unos meses, nos recibió también junto a mi esposa e hija cuando regresamos de Ecuador; la que, incluso en sus peores momentos y más allá de sus noventa años, fue capaz de llenarme de alegría. Cómo extraño abrazar a esa flaquita amorosa que tanto disfruté y que siempre me apoyó.

Todo ese barrio fue, y sigue siendo, una especie de mapa afectivo: calles, casas, amigos, familia, juegos, primeras amistades, primeros afectos, despedidas, regresos y presencias que, aunque ya no estén físicamente, siguen acompañando la memoria.

Y justamente ahí, en ese mismo entorno, apareció años después El Tiramisú. Nada menos que de la mano de Patricia, compañera de colegio de la Scuola Italiana, junto a su marido. Llegaron mucho después de aquellos años, pero permanecen allí, como si el tiempo hubiera querido dejarme un punto de regreso.

Patricia es fundamental en esta historia. Casi como siempre, ese Día de la Madre, estaba ahí. Conversamos apenas unos segundos, tal como suele hacerlo con quienes visitan el restaurante. Ese gesto, breve pero cercano, ayuda a explicar por qué El Tiramisú no se siente como un lugar impersonal. Hay allí una presencia, una forma de recibir y una continuidad humana que hacen que el restaurante tenga alma.

Entonces, ¿cómo no me va a gustar volver a ese restaurante?

No voy solamente por la comida, aunque la comida sea buena. No vuelvo únicamente por la atención, aunque la atención sea grata. Vuelvo porque El Tiramisú está cerca de casi todo lo que me recuerda mi juventud: las calles donde jugué, los amigos que hice, las casas que ya no están, los afectos que aparecieron y las escenas familiares que marcaron mi vida.

Y no solo eso. Es también un sector donde, junto a su abuela, crecieron mis dos primeros hijos, y donde hoy vive su madre. Por eso, ese barrio no pertenece solamente al pasado. También forma parte de mi historia familiar más cercana.

Difícil, entonces, olvidar.

El Tiramisú no es para mí simplemente un restaurante. Es un punto de encuentro entre el presente y la memoria. Un lugar donde la buena comida, la atención amable y el ambiente grato se mezclan con recuerdos de toda una vida.

Quizás por eso uno vuelve a ciertos lugares. No solo porque se come bien, sino porque allí la vida parece recordarnos quiénes fuimos, a quiénes quisimos y por qué algunos barrios, aunque cambien por completo, siguen viviendo intactos dentro de nosotros.

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