CUANDO EL COVID PUDO MÁS QUE EL ESTADO.
Las crisis de 1973 y 2019 siguen planteando preguntas que Chile no termina de responder. Mientras continuamos estudiando las guerras del pasado y discutiendo etiquetas ideológicas, las amenazas cambian frente a nuestros ojos.
Este video es de febrero de 2020. Meses antes, el propio Presidente Sebastián Piñera había dicho que Chile estaba “en guerra contra un enemigo poderoso, implacable”. Su esposa reconocía, en una conversación privada que luego se hizo pública, que estaban sobrepasados. El país llevaba meses de violencia, destrucción, ataques contra infraestructura y una profunda alteración de la convivencia nacional. Y todavía, entrado 2020, aparecían discursos como el que muestra este registro, hablando abiertamente de golpear las capacidades del Estado y de sus instituciones armadas.
Sin embargo, ni el Gobierno, ni el Estado, ni los políticos, ni unos servicios de inteligencia incapaces de anticipar adecuadamente la magnitud de lo que estaba ocurriendo lograron cerrar aquella crisis.
No se trata, por supuesto, de agradecer una pandemia que provocó muerte, sufrimiento y enormes consecuencias económicas y sociales. Se trata de observar una paradoja que, seis años después, todavía debería incomodarnos. Una crisis sanitaria externa modificó radicalmente una situación que el sistema político e institucional chileno no había conseguido resolver. Eso, por sí solo, debería obligarnos a preguntarnos cuánto aprendimos realmente de aquellos meses.
Porque quizás esa sea la verdadera discusión. Mientras algunos políticos continúan entretenidos intentando definir si somos liberales, iliberales, neoliberales, de izquierda o de derecha, Chile enfrenta problemas mucho más concretos. Necesitamos seguridad para recuperar los espacios públicos, tranquilidad para trabajar, estabilidad para invertir, crecimiento para generar oportunidades y desarrollo para mejorar la vida de las personas.
CHILE NO.
Esta reflexión tampoco puede quedar reducida a la política contingente. Debe interpelar igualmente a nuestras academias y a quienes estudian estrategia, defensa, seguridad e inteligencia.
El estudio de Sun Tzu, las campañas napoleónicas, Clausewitz, la Primera y Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam conserva pleno valor. Todos ellos forman parte del patrimonio intelectual de la estrategia y permiten comprender cómo han evolucionado la guerra, la conducción y el empleo del poder. Pero deben entenderse como referentes, no como respuestas automáticas frente a los desafíos del presente.
¿qué estamos estudiando hoy para comprender las amenazas de hoy y, especialmente, las de mañana?
¿Seguiremos preparando nuestras respuestas pensando fundamentalmente en una gran amenaza blindada mientras un eventual adversario compra drones, desarrolla capacidades cibernéticas, manipula información, explota nuestras divisiones internas o intenta desestabilizar al Estado sin necesidad de cruzar una frontera con una división de tanques?
La tecnología cambió.
También cambió la forma de debilitar a un Estado.
Estudiar historia sigue siendo indispensable, pero prepararse exclusivamente para repetirla puede convertirse en una peligrosa comodidad intelectual. El peor error estratégico sería conocer perfectamente la guerra de ayer mientras la amenaza de mañana ya está entrando por otra puerta.
Y antes de mirar tan lejos, Chile mantiene una enorme deuda con su propia historia.
Más de medio siglo después todavía somos incapaces de alcanzar una comprensión suficientemente serena y compartida acerca de qué condujo al país al quiebre del 11 de septiembre de 1973. Seguimos discutiendo fundamentalmente sus consecuencias, repartiendo responsabilidades y levantando interpretaciones contrapuestas, pero bastante menos dispuestos a estudiar con profundidad la sucesión de acontecimientos, fracturas políticas, errores institucionales, violencia, polarización y pérdida de confianza que condujeron hasta ese punto.
Seis años después de octubre de 2019 tampoco parece que hayamos realizado suficientemente ese ejercicio.
¿Qué información existía y cuál no? ¿Qué comprendieron nuestros organismos de inteligencia y qué fueron incapaces de comprender? ¿Cómo pudo un Presidente de la República afirmar públicamente que el país enfrentaba a un “enemigo poderoso, implacable” y, pese a ello, el sistema institucional no ser capaz de explicar con precisión quién era ese enemigo, cómo operaba o cuál era realmente la naturaleza de la amenaza?
Son preguntas incómodas. Precisamente por eso deben formularse.
Las estudia para no repetirlas.
Sun Tzu, Napoleón, Clausewitz, las guerras mundiales, Corea o Vietnam seguirán enseñándonos muchísimo. Pero las guerras lejanas son experiencias. Nuestras propias crisis son advertencias. Y una advertencia que no se estudia seriamente puede terminar convirtiéndose en la antesala de una nueva sorpresa.
Y, por favor, que nadie venga ahora con la frase fácil de que “los militares no se meten en política”. Una cosa es la necesaria prescindencia política de las Fuerzas Armadas como instituciones y otra muy distinta pretender que quienes han vestido uniforme deban renunciar a pensar, opinar o contribuir a la conducción de su país. La historia de Chile y del mundo está repleta de militares que participaron activamente en la vida política y pública; algunos de ellos, además, lo hicieron con notable capacidad de conducción.
participar en el debate público ni aportar a su futuro.
Conductor del programa Voces de Mando
El Periodista TV
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