EL GRITO SALVAJE.

Del grito salvaje a la responsabilidad ética.

“Sáquenle la chucha”: cuando, tras insultos, agresiones físicas, la ocupación violenta del espacio de diálogo y la huida de una autoridad bajo protección, el lenguaje ya no expresa disenso, sino la disposición a escalar la violencia más allá de todo límite. Entonces la pregunta ya no es qué ocurrió, sino hasta dónde se estaba dispuesto a llegar.

Recibí recientemente un audio —un podcast— de un amigo muy cercano, a quien aprecio y estimo profundamente, en el que compartía su reflexión sobre el primer mes del actual Gobierno, abordando situaciones que hoy resultan evidentes —especialmente en lo comunicacional— y que, sin duda, es legítimo poner sobre la mesa.

Sin embargo, esa misma reflexión abre una pregunta que parece más de fondo: ¿hasta qué punto nuestra capacidad crítica está contribuyendo a mejorar las cosas y no simplemente a aumentar el ruido?

En un tiempo donde abundan las opiniones —muchas de ellas bien fundamentadas— el desafío ya no es detectar errores, sino qué hacemos con ellos. Porque si la crítica se transforma en un fin en sí mismo, corre el riesgo de volverse estéril, o incluso funcional a un clima de tensión permanente que poco aporta a la solución de los problemas.

La experiencia reciente de reencontrarme con el ámbito académico y con jóvenes —en el ejercicio de la docencia universitaria, particularmente en la Universidad Bernardo O'Higgins— ha resultado especialmente enriquecedora. Estas reflexiones se plantean a título personal, desde una mirada formativa y ética del deber ser.

Desde ese espacio —en particular en las clases de ética para el desarrollo sostenible— estos temas se abordan no desde la reacción inmediata, sino desde una reflexión más profunda. Es ahí donde se estudia y analiza a pensadores contemporáneos como el sociólogo Zygmunt Bauman, quien describió nuestra época como una “modernidad líquida”: una sociedad donde todo fluye con rapidez, donde las certezas se diluyen y donde muchas respuestas son inmediatas, pero poco duraderas.

En una línea similar, el filósofo Byung-Chul Han ha advertido que vivimos en una sociedad marcada por la sobreexposición y la saturación de información, donde todos opinan, todo se muestra y todo se juzga, pero no necesariamente se comprende mejor.

En ese escenario, cobra especial sentido lo que plantea la filósofa española Adela Cortina, quien define la ética como un saber práctico que orienta la acción y que permite aprender a elegir bien. Pero esa elección no es improvisada ni circunstancial: supone la formación del carácter.

En ese punto, su propuesta dialoga con una tradición que se remonta a los orígenes mismos de la filosofía. Ya en la antigua Grecia, pensadores como Sócrates situaban la ética en la vida pública y en el diálogo; Platón profundizaba en la idea de justicia; y Aristóteles desarrollaba la ética de las virtudes como hábitos que permiten actuar bien.

De esa tradición emergen las virtudes cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— que hoy Cortina recupera como pilares de una ética viva, concreta y aplicable. No se trata de un discurso teórico ni de una apariencia correcta, sino de una guía para actuar con responsabilidad en la vida en común. Por eso distingue entre una ética real y lo que denomina “maquillaje ético”: ese discurso que parece correcto, pero que no transforma nada.

Ejemplos sobran. En el caso de la auditoría anunciada por el Gobierno, algunos han señalado que no se estaría cumpliendo. Sin embargo, lo que ha ocurrido es distinto: se ha desplegado un proceso de revisión interna que ha debido ajustarse a las condiciones reales del Estado.

Distinto es el caso de la violencia. Lo ocurrido en la Universidad Austral de Chile no admite interpretaciones ambiguas. Cuando una autoridad es rodeada, insultada, agredida y finalmente obligada a abandonar el lugar bajo protección, se rompe el marco básico de convivencia.

En esa misma línea, resulta pertinente considerar a Jürgen Habermas, uno de los grandes referentes de la filosofía social de la Alemania de posguerra, fallecido el 14 de marzo de 2026. Nacido en 1929, creció en una sociedad marcada por el nazismo, la guerra y la posterior división de Alemania. Su padre fue miembro del Partido Nazi, lo que lo enfrentó tempranamente a las tensiones entre poder, ideología y responsabilidad.

Posteriormente, como parte de la Escuela de Frankfurt, desarrolló su teoría de la acción comunicativa y la noción de “esfera pública”, entendida como aquel espacio donde los ciudadanos dialogan en condiciones de libertad, respeto y racionalidad.

A la luz de ese marco, lo ocurrido en la Universidad Austral de Chile permite imaginar, como una metáfora histórica, dos realidades separadas por un muro. Dentro del aula —como en la Alemania occidental— el espacio del diálogo, la libertad y el respeto. Pero fuera de ese espacio —como en la Alemania oriental— la irrupción del grito, la presión y la imposición.

Ese quiebre no ocurre en el vacío. En registros públicos, el actual rector, en su etapa como profesor, utilizó expresiones descalificatorias hacia un sector político, señalando: “...a los republicanos, si no está la Biblia de por medio, eres satánico… váyanse a la cresta…” y agregando que “son tan estúpidos…”.

Sin embargo, el propio rector ha reconocido posteriormente ese error, señalando que ofreció disculpas y que ya no comparte esas ideas. Y ese hecho merece ser considerado con la debida seriedad: no desde la ingenuidad, pero tampoco desde la desconfianza automática. Como recordaba San Agustín, “errar es humano; perseverar en el error es diabólico”. Porque si algo exige la ética —especialmente en el ámbito académico— es la capacidad de reconocer errores, rectificar y asumir las propias palabras.

Ya en la tradición medieval, pensadores como Santo Tomás de Aquino comprendieron que la vida en sociedad no puede sostenerse sin una formación de la conciencia y un sentido claro del bien y del mal. Esa reflexión permite volver sobre lo ocurrido y plantear una pregunta que no es menor: por qué, frente a hechos como estos, tendemos a concentrarnos únicamente en lo negativo, como si esa fuera la única realidad existente.

Sin embargo, en la experiencia cotidiana —particularmente en el aula— es posible constatar algo distinto. Existe una gran cantidad de jóvenes que sí comprenden el valor de la responsabilidad y que, al enfrentarse a sus propios procesos formativos, logran identificar que las oportunidades que hoy tienen no son neutras, sino que implican un compromiso con ellos mismos y con la sociedad de la cual forman parte.

En esa misma línea, Amartya Sen y Martha Nussbaum han planteado que los derechos solo adquieren verdadero sentido cuando se traducen en oportunidades reales. Pero esa constatación, lejos de cerrar la discusión, abre otra dimensión igualmente relevante: cuando esas oportunidades existen, también surge la responsabilidad de aprovecharlas.

Desde esa perspectiva, la formación no puede limitarse a la obtención de un título o a la acumulación de conocimientos, sino que apunta a algo más exigente: la construcción de buenos profesionales, entendidos no solo por sus competencias técnicas, sino por su capacidad de responder éticamente a los desafíos que enfrentarán.

En este punto conviene hacer una precisión que no es menor. Los autores que han sido citados a lo largo de esta reflexión suelen ser ubicados en distintas corrientes ideológicas; sin embargo, su aporte se sitúa en un plano distinto, el del deber ser, profundamente marcado por las experiencias históricas que les tocó vivir.

A partir de ello, el desafío que se desprende no pasa únicamente por la crítica —aunque esta sea necesaria—, sino por la capacidad de construir, de orientar y de corregir. Porque, en definitiva, más allá de las posiciones o de los diagnósticos, lo que está en juego no es quién tiene la razón, sino la posibilidad de que las cosas resulten bien.

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