La ética, un antiguo remedio para salvar Chile.
Cuando todo esto empezó, en la mesa de don Ernesto no se hablaba de esperanza. Se hablaba de resignación. Durante años habían visto pasar nombres, promesas y discursos, y al final siempre quedaba la misma sensación: que nada cambiaba en lo esencial. Por eso, cuando alguien dijo que José Antonio Kast podía ganar, la reacción no fue rechazo… fue incredulidad.
Porque el cansancio no se grita… se acumula.
Pero llegó la noche de las primarias, y algo se quebró. No fue solo que ganara. Fue cómo ganó. La palabra “arrasó” empezó a repetirse en la televisión, en la radio, en los celulares, y en la mesa de siempre apareció el primer reflejo automático. Raúl, casi sin levantar la vista, dijo lo que muchos pensaban sin pensar demasiado: que seguro habían comprado al Servel. Lo dijo en tono de broma, como se dicen esas cosas cuando no se quiere aceptar lo que está pasando. Pero esta vez nadie siguió la risa, porque algo en el ambiente había cambiado y ya no bastaba con explicarlo todo de la misma manera.
Porque cuando la realidad golpea… ya no basta con negarla.
La elección final terminó de romper la inercia. Ya no hubo bromas ni explicaciones fáciles. Ganó, y ganó lejos. No era una interpretación ni un empate técnico. Era una señal clara, directa, imposible de disfrazar. Y lo más incómodo no fue que derrotara a la izquierda, sino que también dejara expuesto a su propio sector. A ese mundo político que durante años funcionó con reglas propias, con acuerdos cerrados, con redes de conveniencia que terminaron alejando a las personas.
Porque hay momentos en que el país habla… y ya no hay cómo callarlo.
Y entonces vino lo inesperado. Las críticas no solo llegaron desde la oposición, eso era evidente. Lo que sorprendió fue lo otro. El fuego amigo. Las voces internas. Los que, sin haber logrado llegar, comenzaron a marcar distancia, a cuestionar cada paso, cada error, cada decisión, incluso cuando el gobierno llevaba apenas semanas. No era evaluación. Era incomodidad.
Porque al que rompe el molde… primero lo intentan devolver a él.
Mientras tanto, el país seguía avanzando en medio de la tensión. La seguridad dejó de ser un tema abstracto y volvió a ser una urgencia concreta. El respaldo a Carabineros no fue solo discurso, fue señal. Fue presencia. Fue decir, sin rodeos, que hay límites que no se pueden seguir cruzando. Y en ese contexto, el gobierno comenzó a moverse con la presión de quien sabe que no tiene tiempo que perder.
Pero la política, como la vida, no avisa cuándo va a poner a prueba a los hombres. Una mañana, mientras don Ernesto revolvía el azúcar del café con la misma paciencia con que había aprendido a desconfiar de todos los gobiernos, el celular de Raúl comenzó a vibrar sobre la mesa. Primero fue un mensaje. Después otro. Luego una imagen borrosa, con timbres, tablas, números y una palabra que saltaba como piedra contra el vidrio: descontinuar.
Raúl la leyó en voz alta, pero esta vez no lo hizo riéndose. Dijo que querían terminar con el Programa de Alimentación Escolar. La señora Marta, que hasta ese momento había estado callada, levantó la vista de inmediato. Su nieto almorzaba todos los días en el colegio. Para ella no era una glosa presupuestaria, ni una recomendación técnica, ni una etapa de formulación fiscal. Era el plato de comida de un niño. Y cuando el Estado habla mal, pensó don Ernesto, los más sencillos son los primeros en asustarse.
El documento empezó a circular como circulan las cosas peligrosas: sin contexto, sin explicación y con la velocidad de una sospecha. En la televisión hablaron de recortes. En la radio hablaron de eliminación. En las redes hablaron de motosierra. Y en la mesa de don Ernesto, donde antes se discutía con ironía, apareció por primera vez una pregunta incómoda, pero justa: si el gobierno venía a reconstruir Chile, ¿por qué estaba permitiendo que otros contaran la historia antes que él?
Porque no basta con tener razón cuando se deja que el miedo hable primero.
Esa tarde, desde dentro del propio mundo republicano, apareció la autocrítica. Arturo Squella reconoció que había habido un error comunicacional y que el Segundo Piso debía tomar con más fuerza las riendas del relato. No fue una frase menor. Porque en la vieja política, reconocer un error suele considerarse debilidad. Pero en un liderazgo ético, admitir una falla a tiempo puede ser la primera señal de seriedad. No se trataba de retroceder ante la presión, sino de comprender que gobernar no es solo decidir bien, sino explicar bien, cuidar las palabras y no entregarle al adversario el relato de lo que uno todavía no ha contado.
Don Ernesto volvió a mirar la televisión, esta vez sin rabia. Dijo que quizás esa era la primera gran lección del gobierno de emergencia: no podía seguir hablando solo de la quiebra recibida, ni de las auditorías, ni de los sumarios, ni de los documentos mal heredados. Todo eso debía investigarse, por cierto, y con rigor. Pero no podía convertirse en la música permanente del gobierno, porque un país herido no sana escuchando todos los días el inventario de sus ruinas. Sana cuando empieza a ver que alguien reconstruye, ordena, cumple y comunica.
Porque el pasado explica el derrumbe, pero no levanta la casa.
Entonces la conversación cambió. Ya no se trataba solo del Oficio 16. Se trataba de algo mayor. Si el gobierno había cometido un error, debía corregirlo. Si había programas que funcionaban, debía reconocerlo. Si había programas que requerían ajustes, debía explicarlos. Si había programas inútiles, duplicados o mal administrados, debía decirlo con pruebas. Y si había beneficios sensibles para niños, familias o estudiantes, debía tratarlos con una delicadeza especial, porque no todo lo fiscal es solo fiscal cuando toca la mesa de una familia.
La señora Marta respiró más tranquila cuando alguien aclaró que una recomendación técnica no era todavía una decisión política. Pero igual dejó una advertencia que sonó más sabia que muchas vocerías: “Entonces díganlo antes, pues. Porque cuando no explican, otros asustan”. Don Ernesto asintió. Raúl guardó el celular. Por primera vez en varios días, nadie gritó. Habían entendido algo simple: el remedio podía ser bueno, pero si se entregaba con mala letra, el enfermo podía creer que era veneno.
Y allí, en esa mesa de barrio, quedó escrita una lección que ningún gobierno de emergencia podía olvidar: la ética no solo exige hacer lo correcto, sino también comunicarlo de manera que el ciudadano común pueda comprenderlo, confiarlo y defenderlo.
Superado el primer golpe comunicacional, la Ley de Reconstrucción Nacional volvió a ocupar el centro de la conversación. Había sido criticada antes de ser leída, rechazada antes de ser entendida y usada como bandera política antes de convertirse en debate real.
Días después, cuando el ruido del Oficio 16 todavía no terminaba de apagarse, don Ernesto volvió a mirar esa ley con otros ojos. Ya no la vio como una promesa más, ni como un título grande para esconder letras chicas, sino como la verdadera prueba del gobierno. Si lograba avanzar con amplio respaldo, entonces quedaría demostrado que el país no estaba condenado a vivir atrapado entre la denuncia, el bloqueo y la sospecha. Podía haber una segunda etapa. Primero la emergencia. Después la reconstrucción.
Raúl, que siempre encontraba una grieta por donde meter la duda, preguntó si no sería otro cuento. Don Ernesto no se molestó. Sonrió apenas, porque esa pregunta era justa. “Puede ser cuento”, dijo, “si se queda en palabras. Pero deja de ser cuento cuando se transforma en obra, en seguridad, en empleo, en inversión, en colegios funcionando, en familias tranquilas y en cuentas públicas ordenadas”. La señora Marta agregó algo más sencillo: “Y en que no nos asusten cada semana con lo que no entendemos”.

Porque destruir es fácil… construir exige hacerse cargo.
Con el paso del tiempo empezó a ocurrir algo distinto. Al principio nadie en la mesa lo creyó demasiado. Raúl decía que era solo cálculo. La señora Marta decía que, si al menos servía para que las cosas avanzaran, bienvenido fuera. Don Ernesto escuchaba sin apurarse, porque sabía que en política los gestos verdaderos no se miden por la primera declaración, sino por lo que ocurre cuando llega la hora de votar.
Primero aparecieron dudas. Después matices. Luego conversaciones. Algunos que habían partido cerrando la puerta comenzaron a dejarla entreabierta. El Partido de la Gente, lejos de quedarse solo en la crítica, empezó a moverse hacia las propuestas y los acuerdos. Incluso la Democracia Cristiana, que había entrado con una postura dura, comenzó a buscar caminos para dialogar sin renunciar a sus propias convicciones.
Eso fue lo que más llamó la atención de don Ernesto. No porque todos pensaran igual, sino precisamente porque no pensaban igual. Un país no se reconstruye con aplausos obligados ni con obediencias ciegas. Se reconstruye cuando quienes discrepan entienden que hay momentos en que bloquearlo todo puede ser más irresponsable que sentarse a conversar.
Porque cuando se deja de bloquear… aparece el acuerdo.
Pero no todos se movieron. En la mesa de don Ernesto eso también se notó. Cada vez que aparecía una señal de acuerdo, alguien en la televisión buscaba la forma de convertirla en sospecha. Si el gobierno cedía, era debilidad. Si no cedía, era soberbia. Si corregía, era improvisación. Si no corregía, era insensibilidad. Raúl se rió con amargura y dijo que, para algunos, el problema no era lo que el gobierno hacía, sino que el gobierno existiera.
Don Ernesto no respondió de inmediato. Miró la pantalla, después miró a la señora Marta y finalmente dijo que había personas que viven del desacuerdo como otros viven del trabajo honesto. No quieren una solución, porque la solución les quita el escenario. Necesitan el conflicto, la alarma y el titular permanente. No porque amen al país, sino porque sin incendio no tienen dónde aparecer con el balde vacío.
Lo importante, sin embargo, no estaba en ellos. Estaba en lo otro: en que, por primera vez en mucho tiempo, un proyecto no estaba terminando solo en trincheras, sino obligando a encontrarse. Porque cuando la política deja de ser únicamente oposición y empieza a asumir responsabilidad, el foco cambia. Ya no se trata de ganar o perder una discusión. Se trata de avanzar sin traicionar lo esencial.
Porque no todos quieren acuerdos… algunos necesitan el conflicto.
Y entonces, en medio de ese proceso, don Ernesto entendió que el verdadero remedio no estaba solo en una ley, ni en un discurso, ni siquiera en un triunfo electoral. Estaba en algo más antiguo, más exigente y más difícil de sostener: la ética. No esa ética de seminario, de frase bonita o de ceremonia oficial, sino la ética que obliga a cumplir lo prometido, corregir lo mal hecho, reconocer los errores propios y ordenar las decisiones al bien común.
Raúl, que al principio había hablado de fraude casi por reflejo, ya no se reía igual. La señora Marta, que solo quería certezas para su nieto, tampoco pedía milagros. Pedía algo más simple y más profundo: que el gobierno hablara claro, que no prometiera lo que no podía cumplir y que cada medida se notara en la vida real. Pedía algo más simple y más profundo: que el gobierno hablara claro, que no prometiera lo que no podía cumplir y que cada medida se notara en la vida real: en la seguridad del barrio, en la escuela funcionando, en el trabajo que vuelve, en la inversión que se destraba y en el Estado que deja de ser botín para volver a ser servicio.
Don Ernesto dijo entonces que un gobierno de emergencia no podía quedarse eternamente hablando de la emergencia. La emergencia sirve para detener la hemorragia, pero no para devolverle la salud al país. Después debía venir la reconstrucción. Y esa reconstrucción no podía hacerse solo con fuerza, ni solo con cifras, ni solo con denuncias contra el pasado. Tenía que hacerse con carácter, con humildad, con verdad y con una comunicación capaz de unir los hechos con la esperanza.
Cuando esa Ley empezó a abrirse camino con un respaldo cada vez más amplio, muchos comprendieron que no estaban frente a una simple victoria política. Era algo más incómodo para quienes habían negado el deterioro del país: la confirmación de que el desorden existía, de que la ineficiencia había sido profunda y de que Chile necesitaba mucho más que administrar la ruina. Necesitaba reconstruir.
Pero don Ernesto no celebró con soberbia. Sabía que aprobar una ley no era llegar a la meta, sino recién ponerse en marcha. Lo difícil venía después: cumplir, medir, explicar, corregir y volver a cumplir. Porque el liderazgo ético de José Antonio Kast no sería probado por sus adversarios, sino por sus resultados. No por el ruido de quienes querían verlo caer, sino por la vida concreta de los chilenos que esperaban ver si, esta vez, la palabra dada valía algo.
Esa noche, antes de apagar la televisión, la señora Marta dejó la última frase sobre la mesa: “Entonces el remedio no era solo ganar”. Don Ernesto asintió lentamente. “No”, respondió. “El remedio era gobernar como se debe”.
Y allí, en esa mesa sencilla, donde antes solo había resignación, volvió a aparecer una palabra que nadie quería pronunciar demasiado fuerte para no espantarla: esperanza. No una esperanza ingenua, ni ciega, ni fabricada por propaganda. Una esperanza exigente, vigilante, incómoda para todos, incluso para el propio gobierno. Porque la ética, cuando vuelve de verdad, no llega a adornar el poder. Llega a exigirle cuentas.

Porque la ética no es el cuento: es la prueba de que el cuento puede hacerse realidad.
Cuanta sabiduría Sr Slater, me hacía mucha falta volver a reencontrarme con la ÉTICA “, para volver a SER”, mi agradecimiento profundo; por favor síganos haciendo volver al origen tan perdido Patricia Fernández Ibarrra- Ranxagua
ResponderBorrar