UN MENSAJE PARA CERRAR EL AÑO Y ABRIR EL 2026.

Un mensaje para cerrar el año y abrir el 2026.

"...Este año exigirá, además, que los medios contribuyan a algo esencial: cuidar el clima democrático. Eso significa promover el respeto y la legitimidad de las diferencias, valorar el debate de ideas y no naturalizar la violencia política en ninguna de sus formas, venga de donde venga. Significa defender derechos y libertades como patrimonio común y no como botín de trincheras..."

Francisco Martorell. Director de El Periodista.


Hoy es 31 de diciembre. 

No siempre los mensajes de fin de año llegan envueltos en brindis o frases hechas. A veces llegan de otra forma: a través de una lectura.

Esta mañana, temprano, tuve la oportunidad de leer una columna publicada algunos días atrás, en diciembre, en El Periodista. No la había leído antes. No por falta de interés, sino porque —como suele ocurrir— los textos que no gritan suelen perderse entre el ruido. Y, sin embargo, fue una lectura que deja algo poco habitual al cierre de un año complejo: una buena sensación.

Es una columna con la que concuerdo plenamente. No por coincidencia ideológica, sino por criterio, por tono, por responsabilidad. Una columna que recuerda que aún existen espacios para la ética profesional, para el deber ser, para la palabra medida, para el análisis que no necesita incendiar para ser firme. Un texto que, sin ingenuidad, deja abierta la posibilidad de que el próximo año sea mejor porque podemos hacerlo mejor.

Ese tipo de periodismo —serio, consciente, adulto— termina siendo, sin proponérselo, un mensaje de Año Nuevo. Un recordatorio de que todavía hay esperanza, de que existen oportunidades de reencuentro, de que no todo está perdido en la forma en que nos hablamos, nos informamos y nos juzgamos.

Y no lo digo desde la teoría. Lo digo también desde la experiencia.

Tuve la suerte de conocer y trabajar con periodistas de verdadera calidad cuando me correspondió desempeñarme como jefe de comunicaciones internas en el Departamento Comunicacional del Ejército de Chile. Existía entonces una oficina destinada a atender a la prensa, había interacción permanente, y durante años se celebró, como correspondía, el Día del Periodista. Por algún motivo que desconozco, aquello se dejó de hacer. Y se perdió algo más que una tradición.

En esos espacios conocí periodistas con los que se podía conversar, intercambiar información, explicar contextos, entregar datos sin temor a que fueran tergiversados o mal utilizados. Periodistas que entendían su rol y respetaban el de los demás.

Lo mismo ocurrió cuando me tocó ejercer períodos de mando, tanto en Temuco como en Maipú. Siempre existió una relación profesional, respetuosa y fluida. Jamás tuve un problema con ninguno de ellos. Muy por el contrario, guardo los mejores recuerdos.

También cuando me correspondió crear, organizar y liderar el primer concurso online del Ejército de los chilenos, una iniciativa inédita en su momento, para alumnos de la Enseñanza Media y que tuvo amplia cobertura en medios de comunicación a lo largo de todo Chile y cuya final se realizó en la Escuela Militar, con presencia y apoyo de distintos medios relevantes. O cuando celebramos el Bicentenario del Ejército, igualmente cubierto por múltiples medios. En todos esos hitos, la relación con la prensa fue impecable.

Todo esto para decir algo muy simple: el buen periodismo existe. No es una utopía ni una nostalgia. Lo conocí, lo viví y lo respeté.

Ya en la tarde de este mismo 31 de diciembre, cerca de las 15:15, leí otra columna, publicada en otro medio.

No vale la pena nombrarla. Tampoco reproducirla.

Porque cuando el periodismo opta por el ataque personal, el sobrenombre vulgar, la insinuación maliciosa y el daño como método, ya no se trata de informar ni de fiscalizar. Se trata de exacerbar emociones, de llevarlas al límite —al límite negativo—, de hacer florecer lo peor de cada ser humano. Y eso, seamos francos, la sociedad está cansada de verlo.

Aquí aparece una palabra clave para entender el momento que vivimos: hastío.

Así como existe hastío frente a los malos políticos y un deseo profundo de recuperar la buena política, también hay cansancio frente a quienes dañan, insultan y degradan el debate público. Hastío frente a un periodismo que confunde crítica con demolición y que cree que la injuria reemplaza al argumento.

Probablemente muchos —en algún momento— hemos caído en esa tentación. El tono fácil, la frase hiriente, la descalificación rápida. Precisamente por eso, hoy resulta evidente que ese lenguaje debe ser superado, incluso dejado atrás, si de verdad queremos que algo cambie.

El contraste entre ambas columnas, leídas el mismo día y con pocas horas de diferencia, no es ideológico. Es ético.

Una entiende el periodismo como servicio público. La otra lo utiliza como arma.

Chile no necesita menos prensa en 2026. Necesita mejor prensa. Prensa que informe sin incendiar, que critique sin destruir, que incomode sin degradar. Prensa que recuerde que, después del titular y del clic, queda un país real, con personas reales, que deberán seguir conviviendo.

Si quieren saber de quién es esa columna que, en lo personal, me impresionó positivamente y que leí esta mañana, les dejo aquí el enlace para que la puedas leer directamente. Vale la pena leer:

https://www.elperiodista.cl/2025/12/desafios-de-la-prensa-en-2026-informar-sin-incendiar/

De la otra, a pesar de tratarse de un medio conocido, el periodista sabrá que se habla de él. Pero prefiero no dejar huella de algo que, simplemente, ya nos tiene aburridos.

Tal vez este sea un buen mensaje para cerrar el año y abrir el próximo: menos ruido, más criterio; menos daño, más responsabilidad; menos incendios, más sentido común.

Christian Slater E.

Reflexiones sobre ética pública y deber ser.

Comentarios

  1. Esto es lo que nos hace falta, volver a un periodismo serio e informativo, que haga a los chilenos formarse opinión de las realidades que se comunican y que no sean las crónicas periodisticas abanderizadas, las que dominen el espectro informativo.

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